Encantador de serpientes

Se sentó de frente, me miró y sacó un libro del bolsillo izquierdo de una chaqueta de lana anudada. Se sentó a mi lado y así, de reojo mis ojos hurtaron unas letras de aquel libro… “Marrackech” su título. Fue entonces cuando cerré los ojos y empezó a llegar gente. Se congregaron todos alrededor de un cesto. Era gente común, judíos, musulmanes y cristianos, nacionalistas y colonizadores, bereberes y árabes fingiendo sostener aún un precario equilibrio al identificarse. Logré dividir aquella plaza construida a partir de sonidos, voces y ecos…en contornos, olor, color, movimiento, y quedó finalmente condensada en retratos; como aquellas colecciones de fotografías desaparecidas que se encontraban  entre los tenderetes de los zocos. La gente se medía en decibelios, los dirhans volaban perdiendo el reposo del bolsillo como pagando agua, lluvia, agua del aguador. Bailarines, contadores de historias unos, amaestradores de monos otros, boxeadores con palos muchos…qué dolor había mediums y hasta algún dentista aficionado a sacar muelas al gusto…y todos ellos se juntaban en aquella plaza. Djemal-el-Fna tenía algo especial, emanaba autoridad artística, era el epicentro del mercado de sonrisas, ilusiones, sueños, negocios ajenos al caos que la circundaba…negocios bajo un sol abrasador, abrasivo entre lenguas y gritos de expresión. Al otro lado,  en el escenario aparecieron los encantadores de serpientes; se sentaron en el suelo y cruzaron las piernas delante de una cesta de mimbre abierta. Obviando el barullo,  un desconocido hizo sonar una flauta. Alimentada por ese son,  una serpiente levanta la cabeza desde el cesto. Se eleva, mira el instrumento, los dirhans ruedan por los ojos y el soplador con los ojos clavados en ella…se enreda en su propósito. La serpiente decidió moverse en lugar de atacar al bulto…hipnotizada por el encantador y las notas que habían magnetizado al pérfido reptil. El trabajo de estos encantadores era y es peligroso, pues muchas víboras con las que trabajan son venenosas, tienen colmillos. Podían ser duchos psiquiatras expertos en petrificar la mente del animal con su “savoir faire”, con un instrumento de viento…el viento,  con el aire…pero no, es una pena porque no son hamelines, y ahí está el secreto . Solo es el movimiento de la flauta y del encantador girándola a su gusto con empeño lo que hacía…lo que hace que la cobra salga de su guarida.
Instinto, la madera su enemigo, por eso se eleva, da igual que sea una trompeta, un lápiz o un plumero. El encantador en ese instante aprovechó la coyuntura y siguió su perfecta simetría. Mientras, los espectadores indoctos sentían al ofidio hipnotizado, hechizado por la inocente bestia que ajena a ser artista solo buscaba su seguridad en el cesto, economizando su ataque…a diario.
Había pasado un tiempo. La música se detuvo, se escondió la flauta, la cobra volvió a su sitio, la multitud había quedado encantada con el espectáculo…una lluvia de aplausos y monedas acuñadas inundaron la plaza. Estírense – por supuesto- es el momento…ya saben el secreto de la serpiente. Acaban de presenciar un truco de alto riesgo…hay que vivirlo aquí y ahora para repetirlo cada día, cada hora, continuamente…¿intentar hacer un truco a diario?…lo hacen…lo hacemos…¿somos cobras o encantadores?. Una pregunta inacabada o una respuesta sobrevenida. No lo sabremos nunca mientras el espectáculo continúe y estemos disfrutando de la escena…

Cris (Historias de tránsito )
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