El gran espejo del terror, uno mismo


¿Pueden los vivos ser el espejo de los muertos?  
Todo parecía un ingrato día de sol.  Los pasillos alumbraban la más incierta sombra, me temblaba el cuerpo, la sangre bombeaba queriendo vomitar lluvia de indecisión por todo mi cuerpo. El compañero de la celda de al lado tenía los ojos de la muerte. Se encerraba todos los días de sol en su celda, más solo de lo habitual. No me atreví a mirarle cuando pase a la altura de sus rejas, pero tenía que desayunar. Así que cogí aire, me deslicé suavemente por el pasillo y al intentar coger impulso  -mirando de reojo su cerrojo –  mi mano se quedo encajada entre su reja-. Un sudor pegajoso empezó a recorrerme desde  la columna.  Sus ojos sangrantes me clavaron y con un golpe seco mi mano quedó libre. Como un reflejo de despedida me giré pero no pude ver nada. Había desaparecido de mi vista. Solo vi mi espejo rebosando silencios.

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